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Escurridizo
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Más allá del alma de un héroe, Parte II - Historias de Runaterra - 003

"...Pero las decisiones antes realizadas deben enfrentarse, porque solo con pasado y presente juntos se pueden enmendar las historias ya escritas"

Primera parte: Más allá del alma de un héroe, Parte I - Historias de Runaterra - 003 

Créditos a Deadark1982

 

Al asomar la mirada a sus adentros, ambos observaron un ambiente nublado que imitaba los colores apagados de un cementerio perdido en los páramos. Y en la lejanía podía detallarse ligeramente la silueta de un hombre de antigua vestimenta y un sombrero de paja, que era cubierto por una densa niebla y un frío aire de soledad. Proteo se encontraba intrigado, pero esta vez un leve suspiro seguido del repicar de una lágrima al caer es lo que había logrado abrirse paso en el eco del ambiente, comprometiendo la calma del lugar —¡Prometeo! ¡PROMETEO! —Gritó Morgan desesperado, siguiendo su camino a través de aquel muro de condesada neblina, corriendo con uno de sus brazos puesto sobre su mirada que se fruncía ante el helado viento que golpeaba su cuerpo. Sin embargo, este no detuvo su carrera hasta que se vio perdido en aquel valle desolado de tonos grisáceos.

—Morgan, debes esperar. No grites tanto —Reclamó el joven Proteo, que parecía impoluto ante el frío viento y la humareda que lo rodeaba, como si su estampa estuviera absorta del ambiente que lo rodeaba —No puedo escuchar las voces que callan en la niebla si gritas de esa forma —Reafirmó a su orden anterior, manteniendo en su voz, postura y ceño una profunda seriedad impropia de su persona.

—¡Yo no… —Exclamó Morgan, interrumpido por su propia sorpresa al encontrar su mirada con la figura de Proteo.

Su atención se nublaba, pero pudo centrarse al detallar al chico nuevamente, ya que su entrada a este plano ajeno había cambiado su semblante. Sus vendas habían desaparecido, y su ojo dorado brillaba intensamente, dejando un hilo de luz que se mantenía como una línea recta frente a su mirada, cual reflejo de un rayo del amanecer. El resto de sí, pese al color moreno de su tez y piel, se encontraba adornado de una ropa ceremonial que pertenecía indiscutiblemente a los suyos, con una pequeña armadura de coraza de madera delicadamente trabajada, y bajo ella se ocultaba tímidamente un kimono gris azabache adornado de placas doradas colocadas en patrón, lo demás era un refuerzo de tela que cubría la mayor parte de sus extremidades, únicamente limitado por cuerda negra. 

La actitud que demostraba no era igual a la de hacía un momento, ya que su temple se marcaba por una calma superior a su situación, mismas costumbres que solo había visto en una persona que descansa en el pasado. Tampoco encontraba explicación al nuevo reino que había creado su presencia en el mundo onírico de un alma ajena a la suya, hasta que vio la neblina dispersarse gentilmente, como un acto de respeto ante su presencia. Fue entonces que Morgan pudo comprender que la esencia de este plano no era procedente del joven o del guardián, sino que le pertenecía al alma perdida que desesperadamente estaba buscando. Y sin embargo, su mente era abrumada por la presencia de aquella persona que tanto movía los recuerdos de este viejo rey. 

—Ese era… 

—Alguien que conoces… —Interrumpió el joven, a la par que su espada mantenía su filo recto en dirección al movimiento de la neblina, que se condensaba sobre los grandes escombros de una estructura que resaltaba a los ojos de Morgan, era uno de sus templos sin duda alguna —¿Lo llamaste Prometeo? —Cuestiono sin dudar, colocando su espada en su funda sin soltar desconfiadamente su empuñadura. 

—Sí… Era alguien que Morgan atesoraba en vida —Respondió la silueta, seguida de un pequeño desfase que se vio seguido por sus pasos en aquella dirección, viendo alrededor de su caminar las sombras inconfundibles de guerreros fieles, luces suspendidas en esferas que se movían a voluntad del viento, y recuerdos de un reino que aún seguía en su apogeo. Se recordaba a sí mismo en completa paz durante el atardecer, y a su más fiel caballero, que siguió hasta la última de sus órdenes sin dudar de su liderazgo.

—Yo guiaré el camino en estos terrenos inciertos. Este lugar clama mi liderazgo sobre sí como el último de mi clan. Lo escucho claramente en la voz del viento —Afirmó Proteo, avanzando rápidamente hasta colocarse al lado de Morgan, quien por un momento se vio sorprendido por ver en el joven la viva imagen de su aprendiz, antes de volver a la realidad y seguir sus pasos—¿Quién era ese hombre? —Preguntó el joven, afinando su mirada hacia el frente, atravesando una capa de densa neblina que apenas permitía que se vieran el uno al otro.

—Yo… —La silueta se vio a sí misma, con sus manos cruzadas al igual que sus pensamientos, pero es la gran figura que representa la que la trajo a la realidad, recordando la persona que debe ser —Lo que debes saber es que ese es quien estaba buscando, pero no pude ver hacia dónde se fue —Refuto Morgan al acto, dejando su breve debilidad a un lado, para recuperar el liderazgo que tanto definía su postura, aumentando la velocidad de su paso hasta que su forma se vio disuelta entre la niebla.

—¡Espera! —Grito el chico, corriendo tras su figura. Sin embargo, no logró alcanzar aquello que hacía pocos segundos estaba a su lado. Pero sus pasos lentamente resonantes se veían acompañados por el paso acrecentado de otros, al principio pocos, al pasar de segundos cientos y con la soledad que callaba se sumaban miles. Al principio estos se mantenían inadvertidos, pero sus sentidos agudizados por la adrenalina eran mucho más grandes que él, hasta tornar el resonar gutural en retumbos gigantescos.

Tras de sí surgían espadas, lanzas, arcos, escudos y mazos que sobresalían de la neblina, como los colmillos de una gran bestia que apresuraba su paso para tragar al bocadillo que ahora estaba delante suyo. El sonido chirriante del choque metálico de armaduras, armas y herramientas propio de la mismísima guerra se escuchaba en sus oídos como la melodía bélica de la muerte, conforme tales objetos se alargaban ante su mirada por encima de la densa capa de una agresiva neblina que comenzaba a tornarse dorada. Ante tal panorama el brillo de su ojo enloquecía sobre su cuerpo, agrietando la piel cercana a él, dejando escapar un dorado que hacia destellar los adornos de su vestimenta. El dolor regresaba cruelmente sobre su piel, pero no podía darse el lujo de detenerse, así que dio un giro sobre su propio eje para desenfundar su espada, acompañado por el vigoroso grito de hombres y mujeres, guerreros y guerreras de su sangre que comenzaban a destacar por encima de aquella niebla con su dorada figura, como siluetas de luz de su mismo porte y calaña que sumaban su fuerza y esperanza a la nueva generación. Todos corrían en perfecta sincronía, haciendo temblar el suelo por su propia voluntad, hermanos y hermanas de la batalla que han sumado sus almas esperanzadas al joven Proteo.

Con su perfecta postura de batalla marchaban en una carrera que no encontraba fin en el tiempo, mientras su formación colocaba a Proteo al frente guiando como un faro de su resplandeciente ser y su dorada espada, mientras los demás líderes se formaban a su diagonal como una punta de flecha, seguida por la luz de miles que eran acompañados por la bendición del rayo mismo que golpeaba los suelos que quedaban tras su paso. El dorado de su estela comenzaba a expandir su grito de esperanza, que era respaldado por la neblina que los seguía. Su poder y voluntad cambiaba la dirección de los cielos, mientras la fría niebla que cazaba sus pasos comenzaba a construir una figura colosal, que tomaba fuerza perdida en aquel muro de incertidumbre acechante. 

Poco a poco las fauces de una enorme serpiente se desplazaban en la desfigurada masa de niebla, permitiendo a los rayos impactar con este imponente ser, que forzaba su camino detrás de la marcha de guerra. Su forma ascendía más con cada grito enérgico de sus seguidores, y su rugido se sumaba lentamente al coro dorado que seguía el compás de Proteo. Su silueta conseguía acrecentarse por encima de la densa neblina de los cielos, hasta que su sombra daba cobijo en su haber el ejército dorado que se había formado. Fue entonces que la luz se extinguió, siendo reemplazada por el rayo que golpeaba con fuerza el cuerpo nebuloso de la silueta proclamada como el gran Áragoth, que con sus destellos moldeaba los patrones del verdadero guardián de Jonia.

Al mantener su mirada en el futuro de su andar se hizo evidente, Proteo fue capaz de entender que no era él a quien seguía la gran serpiente, ni tampoco al dorado brillo de su espada. Seguía a una extraña silueta que se encontraba frente a él, con un porte digno de su propio padre, y un traje que solo había visto en su abuelo alguna vez, causando en él una indignación que nunca había experimentado. Rápidamente cambió el semblante de su hoja y su mirada, volviéndose tan veloz como el soplido de la brisa para alcanzar al desconocido que tomaba su lugar, mientras su silueta se desvanecía en la neblina nuevamente, como un escaso aliento de nostalgia que lograba perderse en un mar de los suspiros de guerreros dormidos. 

La impotencia no definiría el camino que Proteo había erigido para sí mismo, por lo que tomó con fuerza su filo y lo empuñó adelante hasta chocar la hoja de su espada contra una superficie sólida como el diamante, con tanta fuerza que Proteo llegó a considerar que su espada no podría aguantar y se rompería. Misma colisión que logró frenar todo el batallón que había construido con su esperanza, escuchando segundos después el sonido resultante del metal chocando en el fulgor de la batalla, seguido de gritos ahogados de fantasmas del pasado. Al alzar su mirada sobre aquella superficie vidriosa se observaba la cima resguardada por neblina, amparando el resultado de los conflictos en que los suyos habían peleado, derramándose lentamente sobre ella la sangre de los héroes caídos. 

El choque fue tal que su cuerpo se vio obligado a retroceder bruscamente, y el resonar del metal hincó sus fuerzas en su contra haciendo que este resbalara hasta caer sobre su espalda. Parecía confundido por el repentino golpe, pero al ver su reflejo no divisó a otro sino a aquel que antes había tomado su lugar, devolviendo una mirada carente de sentimiento a través del cristal, y totalmente ajeno al fondo que se encontraba a sus espaldas, en que guerreros alzaban sus armas para derramar sangre en nombre de sus creencias. Sus labios parecían moverse, pero no emitía sonido alguno hasta que ciertas palabras resaltaron por encima de su parloteo: “Prometeo, la encarnación eterna”. Al decirlo, el tiempo que se encontraba expectante se detuvo por completo, dejando congelada en la mirada de Proteo el reconocido templo del silencio en su peor estado, con sus escalones manchados de sangre y sus banderas izadas al son de la barbarie. Los entornos separados de calma grisácea tintada de su apacible niebla, y el caos rojizo de aquel recuerdo de guerra comenzaban a mezclarse en los nombres de aquellos que se veían fijamente sin intercambiar palabra, hasta que llegaron a un punto clave del pasado, en una tarde de rayos anaranjados donde aquella estructura se encontraba impoluta y sus escalones parecían recién construidos. 

—Ahora tú también estás aquí —Exclamó Prometeo genuinamente sorprendido de ver a un joven de tales vestimentas en su presencia, afinando su mirada hacia él al cruzar el brillo de su ojo izquierdo con el ojo derecho del niño, en que se encontraba un destello de la misma naturaleza —Debemos apresurarnos, Morgan nos está esperando —Agregó en tono imperativo, tomando del brazo a Proteo y subiendo juntos los escalones del templo, escuchando cada vez más cercana una conversación que les concernía a ellos y solo a ellos.

—¡No iré a ningún lado contigo! —Reclamo con desagrado, retirando con fuerza su brazo del agarre de aquel extraño hombre, desenfundando su espada al acto y plasmando en su filo la luz amarilla de las marcas que ahora se encontraban pronunciadas sobre su piel —Portas el emblema de mi familia en ropas tan mugrientas ¡¿Quién eres?! ¡Dilo ahora o afronta mi espada! —Gritó amenazante, con sus dientes pronunciados y la mirada asesina de un guerrero sanguinario.

—Si tanto te consumen tus emociones no hay otro camino. Estoy dispuesto a enfrentar tu filo, pero solo si eres capaz de alcanzarme —Respondió en perfecta calma, desenfundando un nodachi tradicional dorado, la espada de filo lateral más larga de la cultura jónica de la guerra. Su filo recorría con su sombra varios escalones de aquel templo, y su reflejo del sol era tal que visto de perfil recorrería el horizonte entero, demostrando la fiereza de un guerrero que ha atestiguado el horror de las mil guerras.

—¿Piensas correr de nuevo? ¿Es lo único que sabes hacer con el emblema de los míos? — Reclamó el joven armado de sed de sangre, seguido de una estocada rápida que logró atravesar metros cual milímetros de distancia los separaran, y dejando tras de sí un hilo de sangre y luz dorada que eran bañados por el viento y los rayos del sol —Fui capaz de alcanzarte. 

El silencio se mantuvo inamovible por breves segundos en que una sonrisa había logrado dibujarse en el rostro de Proteo, quien se dio vuelta inmediatamente para ver la figura de su oponente en perfecta calma y aún en pie. Sorprendido llevó su mano a su rostro, donde fue capaz de revelar que la sangre venía de su mejilla —Llevas mucha de nuestra tradición sobre tus hombros, pero confundes tus capacidades para entender lo que significa ser parte de esta familia —Regaño inmediato Prometeo, que entre gráciles movimientos revelados por pisadas inaudibles se posicionó a la cima de aquellos escalones —Para “alcanzarme” no se requiere correr más rápido que yo, se requiere la paz entre el arma y aquel que la empuña —Gritó con fiereza, mostrando su filo hacia adelante y envainándolo en reverencia antes de caminar hacia el interior del templo. 

—¡Ven aquí y muéstrame tu rostro como un guerrero! —Reto a la distancia el joven del ojo dorado, corriendo preso de los últimos rayos de sol del horizonte, dejando tras de sí el rápido alzamiento de la luna hasta alcanzar su punto más alto en el centro de los cielos. 

Proteo subió los escalones a gran velocidad, sin pensar por un segundo en retroceder o envainar la espada que asediaba la sangre del que invadía sus recuerdos. Se mantuvo firme en cada paso hasta encontrarse el ojo izquierdo de Prometeo en la cima, esperando apaciblemente con su mirada perdida en las estrellas y un ceño de enorme seriedad sobre sí, que dejaba entrever leves destellos de anhelo. Al darse el último paso sobre el peldaño más alto, aquellos ojos perdidos en el firmamento bajaron hasta cruzar su luz con los de Proteo. Entre ellos se encontraba una tensión palpable que el guerrero más sabio supo disolver sin pronunciar palabra alguna, ante la cual abrió lentamente la puerta principal del gran templo con notable esfuerzo, seguido de un ademán de bienvenida.

Los cincelados y grabados de cada pared, piso, techo o columna representaban la cruz invertida de marfil, usando este material como el principal protagonista de sus adornos, dejando el símbolo familiar como anfitrión en jefe de la puerta y los suelos apatronados, con una punta afilada que invitaba a entrar a los dos portadores de los ojos dorados. Proteo había notado el sutil ambiente ceremonioso que tomaba el lugar, y había logrado diluir por completo su instinto asesino y su enorme desagrado, seguido muy de cerca por los pasos de Prometeo que le indicaba el camino a la cámara principal. Ambos cuidaban su vista de su contraparte, ojo derecho e izquierdo por igual, ambos tintados de dorado en diferentes cuerpos encontrados sólo a través de recuerdos enlazados de diferentes tiempos. 

—¿Por qué deshonras el poco legado que le queda a mi familia después de tanto sufrimiento? —Reclamo Proteo sin detener su paso o girar su vista al hombre que lo acompañaba, sin más que transmitir que frialdad y una leve pincelada de orgullo que se pintaba en su piel y su espada en recuerdo de los suyos. 

—La familia que yo he fundado jamás ha sido más honrada que ahora que cumplirá su propósito —Respondió inmediatamente Prometeo, mientras sus siluetas doradas resaltaban en la oscuridad, bañadas por los pocos rayos plateados de la luna, que abrían su paso entre los vitrales de la cruz de marfil. 

—¿Tu familia? ¿Cómo te atreves? Siempre han existido mentiras y pecados que han escrito la historia, pero no quieras inmiscuir a los míos en tal masacre —Los patrones de sus cuerpos sintonizaban su forma y color sobre la penumbra, y arrancaban trozos de su piel a cada pisada que daban en conjunto. Al fondo de tal confrontación de posturas se escuchaba una conversación ajena, que comenzaba a cobrar sentido en las palabras inaudibles conforme se acercaban a su origen. 

—Tú no entiendes Proteo, yo solo hablo con la verdad. El escudo que portas es originario de mí y mi noble descendencia, todos dedicados a servir a la causa del rey Morgan y su esperanza. Por la esperanza y por el bien de Jonia —Exclamó Prometeo alterado, tomando fuerza para mantener la poca energía que quedaba en sí para continuar su camino —Falta poco para que se cumplan las órdenes, y el propósito seguirá su curso. Tantas generaciones perdidas por la guerra, desviaron nuestro camino tantas veces que han olvidado su pasado —Explicó pacientemente con agarres forzados de aire entrecortado, aferrándose a su imponente postura sin darse la oportunidad de reposar, y usando su arma para apoyarse en el poco tramo que quedaba.   

—Mi abuelo Bejhi…

—Ese nombre… Él rompió la tradición por intereses egoístas... —Esclareció Prometeo, seguido de un paso tropezado que logró romper su voz brevemente —Ese insulso anciano rencoroso —Reclamó ante Proteo, revelando un genuino odio en sus ojos, y un gesto propio del que asesina en la lluvia de sangre, ignorando cualquier modo que no sea el de los suyos. Viendo como el joven había regresado su cabeza hacia él, respondiendo tales sentimientos con la misma mirada, tomando con furia la empuñadura de su arma.   

—¡Ese hombre recuperó el honor de la familia que tú mismo dices haber fundado!—Grito Proteo, apuntando con un fugaz tajo al cuello de su contraparte, chocando el filo de ambas armas a pocos centímetros del impacto —¡Dime ahora! ¿Cómo te crees dueño del honor de los nuestros? —Vociferó Proteo entre gruñidos arremetidos de rencor, opacados únicamente por el constante escándalo chirriante de sus filos, dejando que el cruce de sus miradas quedará a reducida distancia la una de la otra.  

—Mantuvo el honor de la familia, pero fue en contra de su propósito para conseguirlo. Peor aún, robó una de las reliquias del rey, debilitó a su guardián y condenó a muchos que depositaron su confianza en él —Reclamó Prometeo, librando su brazo para distanciarse de su oponente en un empuje repentino, seguido de un corte largo que logró desplazar el viento a su paso conjunto a Proteo. 

—Luchó por el bien de nuestro futuro, y cada sacrificio que alguna vez haya enfrentado fue por su familia —Recriminó Proteo, cubriendo cada agresión con un ataque similar, permitiendo únicamente que aquellas ostentosas placas de madera se vieran mancilladas ante cada tajo.

—¿Crees que él hizo un bien por los nuestros? Si hay honor lo encontraremos sólo en este pasado, sólo en los recuerdos de tiempos antiguos de otros tantos miles que cumplieron con su propósito. ¡Ese y solo ese! es el legado que tu abuelo ha dejado sobre los nuestros —Reprendió el guerrero del nodachi dorado, que con una fuerza descomunal aumento el impulso de cada golpe haciendo que el choque constante se inclinara a su favor, empujando a Proteo cada vez que sus filos impactaban en la oscuridad, revelados únicamente por el constante destello dorado de cada impacto. 

—“Solo queda una respuesta. Despierta de una vez” —Resonó entre los pasillos cercanos a la cúpula central del templo, alcanzando a superar el incandescente sonido de la batalla que se libraba a escasos metros, llamando la atención de ambos guerreros de ojos dorados. 

—Esa es la inconfundible voz de mi rey —Clamó rápidamente Prometeo al oír cercanas aquellas voces inentendibles, forzando la pelea a cesar en vista de un exhausto joven que apenas y podía mantener su espada en alto, jadeando constantemente y sudando en grandes cantidades, pero sin perder el instinto de una mirada fija en su objetivo y llena del mismo odio que otrora al inicio del combate —Veras de lo que hablo cuando dejes de ser guiado por esa espada, solo estas siendo consumido por lo que crees entender de nuestro legado. Pero para estar completo como miembro de esta familia, deberás afrontar tu verdad como muchos otros lo han hecho antes de ti —Explicó Prometeo, apuntando con la punta de su filo hacia la única luz blanca del palacio, acompañada de las palabras de Morgan para guiarlo. 

—No tengo porque acompañarte —Reclamo Proteo, retomando el poco aliento que le quedaba para erguirse en pose de batalla, dejando ver claramente que las grietas doradas de su cuerpo comenzaban a tomar control de cada una de sus extremidades, mitigando lentamente los escasos esbozos de su piel morena, que fragmentaban sus ligamentos para dar paso a las líneas de color dorado. 

—Entonces nunca entenderás la familia que tanto insistes proteger —Rectifico el guerrero con sus palabras y su fiel postura hacia Morgan, envainando su espada y dando paso firme hacia la sala central, de donde se podía escuchar claramente una conversación que incluía su presencia. Dejando la elección a Proteo, Prometeo no cambió su caminar o dijo palabra alguna tras eso, solo se mantuvo confiado del resultado de sus modos hacia Proteo. Esté, degradado y ofendido por los constantes insultos de su contraparte, dio un paso al frente y siguió su ejemplo hasta llegar finalmente a las puertas de la verdad. 

Situados frente a la luz de la entrada, los recibió la belleza de la cámara principal del templo y el arco de la familia de marfil, representado por su símbolo en la placa más alta de su arquitectura, seguido de las banderas de los cuatro reyes de su descendencia, adornado con múltiples piezas de tejido óseo tallado como columnas diagonales de forma perpendicular a sus puertas, dando un total de tres de ellas a cada lado de la entrada cristalina. En el centro del vitral podía verse un objeto propio de libros perdidos, identificado por el símbolo de la runa de protección, rodeada de una gigantesca serpiente dorada que buscaba alcanzar su cola, quien dio acceso a la sala principal al iluminarse y llevarse en su luz la puerta misma. 

Con su entrada la oscuridad reveló levemente trazos dorados que desaparecieron ante sus ojos cuando se hizo la luz. La habitación se iluminó repentinamente concentrado su brillo en cúmulos esféricos que revoloteaban por los aires, iluminando su entorno tenuemente como luciérnagas, entre las cuales aquello que más destacaba era el patrón corporal y los ojos de ambos guerreros. Aun así, con su apacible luz se permitía ver el suelo adoquinado en patrón circular, dejando en el centro un par de peldaños descendentes y un piso inferior, en que se encontraba un pedestal de piedra que lograba flotar en perfecto equilibrio a pocos metros del suelo, velado por la luz dorada inherente de sus grietas, lo que hacía destacar sus hendiduras particulares, sus grabados dorados y sus rendijas de doble entrada.

Las columnas marfiladas que rodeaban por completo la habitación servían como registro histórico en antaño, colocadas de manera asidua con pocos metros de diferencia a lo largo de todo el círculo plataformado, llenando el espacio más importante del templo. En ellas se podía ver la representación de múltiples hazañas y mitos, talladas en relieve y adornadas de un dorado ceremonioso con carácter luminiscente, en el cual se destacaba el recurrente símbolo de la cruz invertida de marfil y la figura de guerreros dorados, que Proteo reconoció rápidamente de las figuras de la oscuridad, ahora reveladas ante él como representaciones de guerreros perdidos en los cuentos olvidados de Jonia. Reconocía en ellos los rostros de familiares remotos que su abuelo solía mencionar con orgullo, entre historias fantásticas y veladas familiares hogareñas. 

Prometeo dio un paso al frente y se dirigió con decisión hacia el pedestal flotante, en donde detuvo su vista en los grabados tradicionales que traían nostalgia de tiempos lejanos, recorriendo con sus dedos el trabajo tan apasionado de las viejas tradiciones, siendo dicha la única pieza que parecía desentonar del resto de aquella enorme cámara a los ojos de Proteo. El joven mantenía su distancia de aquel hombre que tanto se había enfrentado a él, pero al ver de cerca los finos grabados y las intrincadas rendijas dio por reconocido su origen entre los suyos, no como un pedestal, sino más adecuado a un altar de algunos de sus templos más antiguos, y lo confirmó inmediatamente al desenfundar su espada y comparar su filo con la rendija que esperaba paciente como su funda, guiadora de un llamado espectral a su arma que templaba sus exigencias de sangre ante ella. 

Prometeo no se contuvo paciente y lo alcanzó poco después, desenvainando su filo continuamente al joven guerrero, quien detalló que la luz de la habitación reaccionaba a la cercanía de ambas espadas y sus correspondientes posaderas —Es hora de que demuestres ser parte de nuestra familia, Proteo. Confío en que estás preparado —Expresó Prometeo, poco antes de que ambos intercambiaran una mirada fugaz que conectó la luz de sus ojos, dispuestos a colocar cuidadosamente sus espadas en las delgadas ranuras de piedra y oro.

—Siempre fuiste muy débil Morgan, blando como todos los mundanos que se encuentran bajo nuestros pies. Padre lo sabía muy bien, sabía que no tendrías lo necesario para comandar a los tuyos y actuó como era necesario al nombrarme el mayor de sus dirigentes antes de su muerte —Resonó de inmediato y sin dirección en cada pequeño ápice del enorme cuarto con voces trastornadas de tono gutural, que adaptan lentamente su luz hasta convertirse en un destello cegador —Avergüenzas a los nuestros desde tus métodos hasta tu porte, y muchas veces se ha puesto en duda nuestro mandato por tus formas —Resonó nuevamente, con una voz más enfocada y un resplandor que trastornó su ambiente hacia un tiempo ya olvidado, de tonos apagados y blanquecinos 

—Necesito que me escuches, hermano, lo que quieres hacer es una locura—Exclamó una voz ajena, formando una silueta nublosa que tomó su forma a la imagen de un Morgan joven, con un pelo castaño acaramelado y una barba pronunciada, además del inconfundible brillo de ambos ojos dorados. Seguido de tales palabras el movimiento de la neblina danzo presuroso a manifestarse en todo el cuarto al nivel del suelo, construyendo partes de una profunda neblina que moldeaba siluetas ahogadas en sus adentros, hasta completar otra silueta similar al extremo contrario de la bóveda, de enorme estatura, cabello blanco, piel pálida como la nieve misma y ojeras tan pronunciadas que sus ojos parecían perderse en lo profundo de sus cuencas —Si colaboras conmigo… Podríamos cambiar el mundo para bien —Propuso gentilmente el rey de otro tiempo, extendiendo su mano hacia su hermano mayor que centraba su mirada con desprecio. 

—Si me conoces como tu hermano, conoces la respuesta a esa propuesta. No hay beneficio que puedas ofrecerme Morgan, y eso tú bien lo sabes —Reclamó el gigantesco hombre, que lentamente terminaba de formar su aspecto, colocando en sus hombros un enorme tramo de pelaje negro que usaba como capa y que cubría por completo uno de sus brazos, dejando ver el resto de su imponente figura cubierta por una armadura de cuero oscura y detalles de color azul marino, finalmente adornado de ornamentos plateados en sus prendas y marfilados sobre ellas, adheridos a su armadura como una segunda caja torácica que se extendía desde la parte más baja de su columna vertebral hasta una corona de hueso. 

—¿Qué es todo esto? —Preguntó Proteo sin ver directamente a su acompañante, y sin cambiar la reacción de ninguno de los dos reyes que parecían verse afectados por las leyes de otro plano, continuando su conversación fuera de toda interrupción.

—Este es el pasado que compartimos Proteo. Es a donde pertenezco, y lo primero que los nuestros deben aceptar antes de impartir su tarea. Pues este punto inicia el pasado, el presente y el futuro de los nuestros, y más importante, de nuestro propósito —Expresó Prometeo, haciendo reverencia al joven del ojo dorado y dando un paso al frente. Al hacerlo la neblina cambió su dirección y dio entrada al misterioso hombre.  

—¿Qué significa eso? —Cuestiono gentilmente Proteo, viendo alejarse lentamente la silueta de Prometeo a un mar de espectros de bruma que tanteaban la inestabilidad de su silueta, que parecía verse consumida por hilos de niebla que cambiaban su tonalidad repentinamente, entre dorado y gris al alcanzar su contacto. Su imagen parecía deformarse lentamente en conjunto a la neblina dorada que conquistaba el ambiente, y que adoptaba tal color en toda la habitación.  

—Veo que ya no eres manipulado por la influencia de los nuestros, es bueno conocer al tú que siempre debió ser. Áragoth es la última esperanza de Morgan, Proteo. Pero tú eres la última esperanza de los nuestros —Declaró Prometeo, mostrando en el poco rostro que era capaz de divisarse una sonrisa, siendo la primera expresión que Proteo había sido capaz de reconocer en su apacible rostro indiferente.

—No entiendo nada. ¿Que se supone debo hacer ahora? —Preguntó Proteo con insistente intriga y un tono algo contrariado, apenas capaz de comprender lo que hacía unos instantes le parecía tan sencillo. Su hambre de sangre y su mirada de guerrero habían desaparecido, pero en su lugar había quedado un vacío que no era capaz de comprender.  

—Lo entenderás pronto, Proteo —Aseguró Prometeo, conforme su nodachi se desvanecía del pedestal, convirtiéndose una fugaz brisa que se llevó consigo la borrosidad de la figura sostenida de Prometeo. En un halo de luz repentino se vio cubierta su silueta, su ropa ostentosa y enormemente aglomerada recuperaba el perdido brillo de otrora al deshacerse de sus desgastadas usanzas, reformando su celestial efigie en su verdadero ser, acompañado de un destello que regresó las voces que disputaban y se enfrentaban en aquel cuarto. 

—Solo queda una respuesta. Despierta de una vez o te llevarás a nuestra familia contigo —Regañó Morgan, cambiando su semblante a la agresividad de los suyos, dejando ver las jóvenes marcas doradas que asomaban su camino en su piel, apenas extendidas a su rostro y parte de su brazo derecho, formando su camino hacia el símbolo de su familia. 

—No cambiaré mi postura, hermano. Sé bien lo que busco, igual que padre lo hacía en vida. E incluso si tuviera que hacerlo, puedo apostarte que continuara su legado incluso en muerte —Exclamó el hombre mayor, apoyando firmemente entre ambas manos un gran mandoble que lograba igualar su estatura, manteniendo una mirada fría y un gesto indiferente en que apenas se detectaban trozos menores de desprecio.

—Escúchame Qiron, y mira bien lo que hemos hecho, y lo que han hecho aquellos antes de nosotros… Tal vez podemos hacer las cosas bien de ahora en adelante —Reflexiono el hermano más joven nuevamente, intentando apelar a la humanidad de su hermano, que se veía superada por un deseo insaciable de poder. 

—Puedes intentar ir en contra de la cascada toda tu vida hermanito —Dijo Qiron, colocando su espada detrás de sí a nivel de suelo, dejando escapar en el acto un suspiro amparado por el aliento frío de la muerte —¡Pero si no tienes la fuerza de tu lado no lograrás ser más que otro pequeño obstáculo en su camino!… —Grito repentinamente, impactando con su espada el suelo adoquinado, cuarteando algunas de sus placas y dejando en ellas un aroma peculiar propio de la muerte —Padre siempre entendió bien las cosas, tu eres un necio al no seguir su ejemplo —Exclamó en el acto, dirigiendo una mirada tan colmada de su propio deseo de masacre megalomaniaco que se llevaría a todos con él, dejando una marca en la memoria que nadie que la haya visto podría olvidar. 

—¡Aléjate de mí rey si quieres conservar el brazo con el que empuñas tu arma! —Grito agresivamente Prometeo, formando parte de este extraño espectáculo con su filo en alto y la vestimenta de su clan, de colores grises y dorados, finalmente cubiertos por una armadura negra que llevaba placa y cascos igualmente decorados de destellos dorados en sus bordes. Su sombrero de paja lograba cubrir por completo cualquier parte de su rostro, pero en recuerdos oníricos Proteo había vivido tales modos en otro tiempo, recuerda la cicatriz que se pasea a lo largo de su ojo izquierdo, en que el brillo dorado se encuentra más concentrado y deja escapar su luz, cruzando gran parte de la cara hasta el cuello, así como recuerda su largo cabello café que arreglaba en una coleta larga en conjunto a su barba.

—Yo… recuerdo haber visto esto antes —Manifestó Proteo inmediatamente, llevando dos de sus dedos a su rostro, recorriendo con ellos la longitud de aquella cicatriz, lo que llevó a recordar que tales daños no se detenían ahí. Recuerda bien los males que dejó la guerra grabados en su piel, como escrituras históricas de sus ya olvidadas hazañas. 

—Ahora veo claramente que tú no cambiarás, así como padre jamás lo hizo… Pero tal vez ese no sea el final. No puedo entenderte hermano, pero siempre podemos apoyarnos como es debido —Clarificó Morgan, llevando su mirada al frente en perfecta calma, decidido y decepcionado por igual, pero preparado para afrontar a los suyos. 

—Te escucho —Respondió intrigado el hermano mayor, quien retiraba su arma de la conversación y se dignaba a cambiar sus costumbres agresivas en tierras ajenas, enfundando con lentitud el gran filo de su espada en la funda que colgaba de su espalda. 

—Puedo darte conocimiento prohibido que cambiará el curso de tu historia, pero a cambio necesito uno de los conocidos favores de la muerte —Propuso nuevamente el hermano más pequeño, dejando de lado las apelaciones sin sentido a humanidades rotas y corrompidas, y buscando el instinto más salvaje que han adorado los hombres. 

—Veo que estás informado de la alianza que forme con Dyssodia en sus desiertos, ¿Acaso quieres que condene a tu gente hermanito? —Clamó con tono burlón y un gesto sádico que consumió su sonrisa en el momento en que la esbozó sobre sí, acercándose con notable orgullo. 

—No, no permitiría que sobre mi gente dejaras caer tal cosa, conozco los resultados de esos modos. Pero... Quisiera que le otorgues el don de tu inmortalidad a uno de mis discípulos —Aseveró con firmeza, ímpetu y hostilidad. Sus ojos contaban la historia de un alma completamente distinta, una que estaba harta de soportar tantos errores que esperan ser solucionados. 

—Aunque quisiera ayudarte. Dime ¿Por qué habría de hacer tal cosa? —Cuestionó sorprendido, animado por la ascendente agresividad de su hermano, y motivado por las ganas incontrolables de desatar la tensión que se aglomeraba en el ambiente, casi tan placentera como el último latir del cruel invierno, y tan palpable que podía sostenerla entre sus dedos. 

—El conocimiento que te ofrezco es un regalo de los dioses, algo que ni siquiera yo me he atrevido a usar. Pero estoy seguro de que no todos son tan precavidos, y puedo transcribir sus secretos sin problemas —Explicó Morgan sin desviar su mirada de su hermano, reconociendo perfectamente el tipo de señas que su cuerpo le da al enemigo. Lo que aterraba realmente eran sus ojos… Ojos que Morgan no había visto desde el día en que sus padres fallecieron y el reino quedó en caos durante días… Esos ojos, que en ellos llevan una llama infernal que parece extinguirse solo ante la muerte de otros. 

—Así que prefieres arriesgar a otro. No esperaba tanta cobardía, pero comienzan a agradarme tus métodos. Dices ser mejor que nosotros, más civilizado como dicen algunos, y mira el tipo de rata que eres en realidad —Tras dichas palabras, su risa de ultratumba logró sacudir el ambiente, e incluso fue capaz de helar la sangre del joven espectador, que no era capaz de cubrir su inexistente presencia tras las figuras durmientes de Morgan y Prometeo —Y aun así… Estos libros de los que hablas podrían ayudarme con un problema que he encontrado en mis tierras —Agregó poco después, con una voz calmada que se contuvo para sí misma y una vista perdida en las lejanías de la estructura interna de la cúpula, que contenía en su centro el símbolo de su familia. 

—¿Entonces aceptas? —Insistió Morgan, de carácter alzado hacia las actitudes de su hermano, aunque evidentemente nervioso a la vez. Su luz apenas lograba mantenerse moderada, pero su mirada desataba los deseos de su alma, desatando la apertura del tercer ojo sin la voluntad de Morgan para controlarlo.  

—Mi rey, no recomiendo que confíe en este hombre si tanto provoca su enojo —Rumoró Prometeo, bloqueando el choque casi inminente de sus ojos al imponerse delante, tomando con gentileza el hombro de su rey e implorando con sabiduría, no como un fiel sirviente o un guardia, sino como un amigo. 

—Incluso este niño con aires de grandeza desafía tu juicio Morgan, mira lo que has hecho. En mis dominios hubiera perdido la lengua solo por hablar sin ser requerido —Reclamó inmediatamente el descomunal hombre, que asomaba su juicio entre falacias de tortura, clamando ante el mundo con sus gestos que incluso tal castigo seria poco para él. 

—Tranquilo Prometeo. Puede que él llegue a matar para conseguir sus ambiciones, pero sabe que hay cosas que no puede manejar sin ayuda —Su sabiduría había logrado apaciguar el aura de conflicto que había tomado presa la habitación, y logró hacer retroceder el espíritu sanguinario de su hermano inmediatamente. 

—Aunque sea dolorosa tu actitud pedante, debo admitir que eso que dices no podría estar más en lo cierto hermano mío. Y por eso debo aceptar tu oferta —Reconoció el hermano mayor, acercándose lentamente a la columna central que se encontraba entre ellos en el centro del cuarto. 

—¿Está seguro de esto señor? —Consultó Prometeo, retirando ligeramente su casco para ver directamente a los ojos de su rey, demostrando claramente que su inquietud estaba respaldada en el temblar de su mirada. 

—Lo siento Prometeo, pero al establecer nuestra postura de reyes se cumple el pacto de nuestros padres —Manifestó Morgan inmediatamente al mostrar el sello de su muñeca en conjunto a su hermano, quien se había dirigido a él para completar la tradición y sellar el tratado que habían elegido. 

—No puedes aceptar esto Morgan. No sabes lo que provocará —Reclamaron fervientemente por igual Prometeo y Proteo, ambos guiados por un instinto de supervivencia infundado en su sangre. Con la misma desesperación agresiva que mataría de ser necesario, que podría girar los senderos del destino… De ser otro el que debería pagar con su vida para tales objetivos, y no enfrentarse a un ser poseedor de la muerte. 

—Es necesario Prometeo. Cumple con tu deber y haz lo que el pacto dice… Es la única forma —Afirmó Morgan, recurriendo a las mismas palabras que había usado otrora con otros miembros de su familia, y cerrando sus puños con resentimiento e impotencia. 

—Como usted ordene mi rey… —Respondió Prometeo, siguiendo el ejemplo de su rey, aceptando las consecuencias que eso traería a su legado. Después de todo, el propósito de su vida siempre fue servir al único rey de estas tierras que había intentado crear un mundo nuevo.

—Mírate, desafiando las órdenes de un rey de la casta más importante de este mundo. Después de tanta insubordinación llegamos al mismo resultado, y no hay nada que pudieras hacer para cambiarlo. Si pudiera, ayudaría a mi hermano a que alimañas como tú no alterarán su liderazgo, pero por ahora me dedicaré a cumplir con tu condena eterna. Solo recuerda… Esto no será agradable… 

El clima se alteraba ante la mano alzada de Qiron, que se veía consumida por su propia palidez hasta llegar a las puertas de la muerte, arrancando consigo retazos de piel helada y sangre petrificada que se tornaban nieve negra poco después. Solo el tejido de su propio esqueleto quedaba impune de tal castigo, consumido por el color negro de su eterna penitencia, llevándolo consigo hasta extinguir la luz del entorno con su despiadado toque, que consumía lentamente peldaños que fragmentaban su forma a su paso, dejando entrever el hielo que se formaba entre sus grietas. Qiron logró inundar la habitación de su impía autoridad, reemplazando progresivamente la neblina dorada a su alrededor, y sofocando la vida del hombre que ante él se postraba, carente de la fuerza para resistirse y de la voz para imponerse, con su hermano a la espera de terminar tal tortura. Sin gritos que pudieran romper la poca decencia que quedaba de tales actos, y sin vida suficiente para soportarla. La bruma dorada retiraba su influencia de los suelos, y dejaba ver claramente las estructuras actuales del templo que había llevado a sus mejores días. Proteo miraba en todas direcciones, alertado por un sonido chirriante que llevaba consigo las voces de Prometeo y Morgan, que conservaban su figura intacta delante del joven del ojo dorado. 

—Quisiera olvidar esos recuerdos. Esos errores —Expresó Morgan, con su cabeza cabizbaja y su voz asfixiada ante sus acciones. Sin ser capaz de girarse al pasado, y siendo perseguido por su marca hasta los límites de su propia muerte.

—¿Entonces le dio lo que quería después de eso? ¿Los libros...? ¡¿El poder...?! —Interrogó Proteo al borde del grito ahogado en furia, conociendo el otro lado de la historia y viéndose a sí mismo a través de ella, tantas miradas perdidas que fueron guiadas por la misma esperanza. 

—Así es Proteo —Exclamó Morgan, encarando la mirada cegada del joven y el abismo desalmado de culpa que se encontraba en su corazón, fuertemente arraigado a sus principios y firme ante sus palabras por primera vez. 

—Pero… La gran guerra de los reyes… —Liberó Proteo en un breve suspiro en que su ira se vio quebrada y se reveló su mirada perdida, sorprendido ante la actitud de Morgan, diferente de todo lo que creía conocer. No de culpa como tanto había demostrado, sino de aceptación y alivio. 

—De no ser por esa decisión esa guerra hubiera acabado con el mundo y nada podría haber detenido a Qiron —Remarcó Morgan, afirmando su pasado y aceptando la cruz que ha cargado durante tanto tiempo, liberándose del peso de sus propios pecados por primera vez y llenado su pecho de libertad —Yo sabía que no podría cambiar las cosas Proteo, pero si de algo estaba seguro… Es que Prometeo sí lo lograría. Salve al mejor de los nuestros a costa de ser como mi familia —Explicó Morgan, viendo fijamente las figuras doradas de cada columna y reconociendo en ellas un guerrero que luchó por sus ideales, que dio su vida, su fe y su determinación por Jonia y por la paz. 

—¡Pero usted era diferente! ¡Pudo ser diferente!… Pudo... —Arranques de ira eran despedidos de gritos arrojados sin miramientos, rápidamente asfixiados al verse inútiles ante una historia que ya fue contada y un resultado que no puede ser cambiado.

—No… No podía, Proteo. Debes entender. Él me eligió… Él nos eligió a nosotros —Tranquilizó Prometeo con sus palabras al alcanzar a Proteo con su brazo sobre su hombro, removiendo su casco y parte de su sombrero antes de arrodillarse, y mirando a Proteo cara a cara por primera vez. No se intercambió mayor palabra, pero ambos sintieron como se cruzaba ese invisible hilo de luz que se trazaba entre su ojo izquierdo y su ojo derecho respectivamente. 

En ese momento Proteo vio algo más… Encontró una ventana de esperanza entre sus miradas y dio un paso al frente firmemente a confrontar a Morgan —Usted nunca fue el origen de la esperanza que le enseñaste a tus seguidores. Siempre se trató de nosotros ¿No es así? —Interrogó Proteo, no con enojo o frustración, sino con la certeza de descubrir el origen de la calidez que comparten los corazones de Jonia. 

—Yo… De verdad me creía capaz de controlar mi destino, de cambiar las cosas y evitar que todo terminara como mi familia deseaba… Pero no lo logré. Abandoné a muchos que contaban conmigo. Pero vi como Prometeo edificaba su camino entre las almenas y los pueblos, como se convertía en un héroe dispuesto a luchar por su gente a los ojos de todos. La gente de verdad confiaba en él y los hacía sentir seguros siendo solo un joven. Sabía que eso debía salvarse, y que salvaría a todos consigo… Sin importar el costo —Expresó Morgan, sin contener nada para sí mismo, ya que esta vez su corazón sabía que había hecho lo correcto.

—Como te dije antes, nuestro legado es parte de algo mucho más grande, Proteo. Y aunque no nos agrade, se hizo lo que fue necesario —Aseguró Prometeo, tomando firmemente el filo de su espada, aun posada en la rendija del pedestal. Al retomarla su ojo tomó con fiereza un brillo deslumbrante que logró envolver su silueta —Me fue otorgado el don de la vida eterna a través de la reencarnación, el regalo de la muerte —Explicó con detalle, recordando con cierto desprecio apenas visible en sus gestos aquellos días de rito maldito. 

—Y yo… Soy tú… Miles de años después —Especuló Proteo, rebasado por la consciencia de la verdadera naturaleza de los suyos —Mis antepasados… El ejército dorado que me acompañó en mi jornada de guerra. Todos ellos… Descansan en mí —Agregó finalmente, sin ser capaz de contener el pulso violento que corría por su cuerpo, obligándolo a temblar por primera vez en cientos de vidas. 

—Eso es parte del engaño de mi hermano. Se suponía que su regalo trajera la vida eterna y con ello crearíamos a un guardián imparable, pero Áragoth es débil y su luz se ha extinguido lentamente sin la llama del alma primera que le dio vida, que tanto años lleva apagada tras la muerte de Prometeo —Manifestó Morgan a la distancia, viendo con recelo el ambiente que los rodeaba de un cuarto que alguna vez tuvo tanto que decir, condenado a estar manchado del quiebre del débil lazo que unía a dos hermanos. Su mente se perdió en el vasto espacio de este mundo onírico, surcando lentamente los espacios entre sus columnas hasta llegar a una pequeña puerta que guiaba al balcón principal de la cúpula. 

—Es verdad que Qiron nos engañó… Pero eso no podía detenernos. Así que decidí forjar mi propio legado para cumplir mi propósito, y fundé la primera rama del clan de “La serpiente dorada de la luz” —Explicó el guerrero del aura dorada, viendo en el filo de su espada las miles de vidas que han pasado a través de sus ojos, y las tantas masacres que han atestiguado sus manos en tiempos de discordia. Pocos son los recuerdos que mantiene de esas épocas, pero consigo queda el deseo de preservar la esperanza que siempre lo ha acompañado en su camino. 

—Mi familia… —Susurro Proteo, tomando con pena la espada restante, y retirando con fuerza el arma de la rendija del altar. Al hacerlo su ojo logró hundir el cuarto en la luz del mañana, con destellos dorados que alcanzaban cada esquina, que brindaban cobijo a la oscuridad y guiaba su camino. 

—El linaje estaba formado de guerreros extraordinarios que seguían la fe del guardián. Pero las guerras deformaron a los nuestros, y cuando Áragoth cayó... —Expusó Prometeo, viendo hacia Morgan con cierto desánimo, esperando una respuesta que nunca llegaría.   

—Las tradiciones cayeron con él… Ha sido así por cientos de años —Interrumpió Proteo, acercándose a Prometeo para colocar su espada junto a la suya. Ambos con el mismo porte orgulloso se dirigieron con diligencia hacia aquella puerta, siguiendo el rastro dorado de Morgan. 

—Ahora entiendes porqué es importante tu papel de entre tantas generaciones. Tu nacimiento llegó tras la caída de Áragoth, cuando no pude soportar más y llegó la extinción absoluta de la luz de mi alma. Eres el ultimo de mi línea de reencarnación, solo tú puedes reescribir la historia —Exclamó Prometeo, mostrando orgulloso el filo de su nodachi, en que la silueta de todos los guerreros caídos se veía reflejada en un parpadeo instantáneo, seguido de la manifestación de sus auras doradas que se sumaban al coro silente del movimiento de sus ondas hacia Morgan, la tercera y última parte de rompecabezas dorado.

—¿Por qué crees que yo fui el elegido? —Preguntó Proteo, abrumado por un sentimiento más grande que todo lo que él hubiera conocido, sintiendo en su cuerpo escalofríos que vivían en su piel los recuerdos de todos aquellos que tuvieron este peso antes que él. 

—Morgan vio un pasado ya olvidado, y un futuro que aguarda una nueva esperanza, y el guerrero necesario para unir ambos. Y ese eres tú —Esclareció Prometeo, libre de toda responsabilidad o herida de la historia que dejó a sus espaldas, finalmente colocado ante la paz de cumplir un propósito que se le fue conferido hacía tanto tiempo.

—Pero… yo no estoy listo —Externalizó Proteo, recordando las buenas partes de la vida que lo había acompañado, las personas que había dejado atrás y las promesas que quizás nunca serían cumplidas. 

 —Lo estas… Lo estamos todos —Reconforto Prometeo, conociendo perfectamente la sensación de un sacrificio de este calibre, pero consciente de la recompensa que dejará a otros. Sin más errores o influencias corruptas, solo quedaba un sendero de esperanza que tres luces debían estar dispuestos a recorrer.

—Podemos hacerlo juntos esta vez. Se pueden saldar los errores del pasado si confiamos los unos en los otros plenamente —Afirmó Morgan viendo directamente a Proteo y a Prometeo como sus dos fieles compañeros, antes de dar su espalda y ver por última vez el espacio onírico que la magia había de sus recuerdos conectados había creado. Con su mirada posada sobre la luna descendiente del cielo plateado, que traía tras de sí un feroz amanecer que tintaba a su paso el cielo de un cremoso amarillo, que abrazaba bajo su luz las almas de todo un ejército dorado que postraban su postura frente a las puertas del templo, llenando con un juramento susurrado y la luz dorada de la esperanza la esencia del ambiente —¡Y con ello le daremos a Jonia el guardián que merece! —Gritó Morgan a todo pulmón, rápidamente seguido del grito de miles de guerreros dorados con gran ímpetu en un coro interminable de gritos animados y armas en alto, alabando con sus manos en alto los nombres de Proteo, Prometeo y Morgan. Siendo este último el más feliz de los tres, dejando ver en su rostro una expresión de felicidad y liberación que sentía perdida. 

—Ahora podremos descansar en paz Morgan —Señaló Prometeo, acompañando a Proteo hasta colocarse junto a su maestro compartido, que destacaba su sonrisa y el brillo de su mirada. 

—Y mejor aún, se puede compensar a las personas que queremos —Susurro en un tono contenido, que dio paso a que este se girara bruscamente y abrazara a los pocos allegados que obtuvo en vida, y que lo acompañarían en muerte. Sus palabras llevan consigo el latido de su corazón, que brilla con tanta intensidad que las líneas de su cuerpo se extienden hasta consumir toda su figura y volverlo una silueta dorada de sí mismo, adornado de patrones blancos que representan los grabados que alguna vez tuvo sobre su piel, priorizando su tercer ojo que ahora brillaba con gran fulgor —Lo siento Prometeo —Exteriorizó finalmente, tomando en su destello las figuras de ambos guerreros, que se desvanecieron en la distancia de aquel resplandor que tomó entre sus manos todo el mundo onírico de Áragoth y lo llenó de nueva luz, arreglando en el proceso las grietas de su alma.

—No tenías que hacerlo Morgan… Nunca tuviste.  

Los cimientos del templo se desmoronaron junto con las almas que alcanzaron la cúspide de su existencia, que dieron su último aliento a la esperanza del rey que siempre esperaron hasta el último de sus días. Las historias que fueron escritas parecieron desvanecerse ante la luz que se manifestó en el guardián, que viajó con ferocidad desde las grietas más profundas de su alma latiente hasta los patrones de su cuerpo de piedra. Su mirada se vio iluminada por un dorado inigualable propio del pasado, que llevaba consigo la fuerza de los miles que alguna vez confiaron su fe y sus plegarias en el protector de Jonia, que completaba el ciclo de su creación tras tantos años y daba a conocer un alma propia que no dependía de memorias olvidadas. Su mente se veía colmada de recuerdos y plegarias, pero se ordenaba a sí misma lentamente en las palabras de la voz que nunca ha callado y el llamado del guardián que nunca descansa, dándole su merecido título al nuevo ser y ganándose el nombre de Áragoth. Los rayos del sol que golpeaban con fuerza aquellas avejentadas columnas ya no reflejaban los mismos vacíos en su corazón, y este les respondió de vuelta con un fulgor que alcanzaba cada rincón de Jonia y opacaba al propio sol en su esperanza.

—Las preguntas que tanto me he realizado siempre se han contestado en base a sentimientos ajenos y esperanzas descarriadas, y nunca cuestione su origen por el bien de Jonia. Pero ahora siento que no es necesario…

… Porque es hora de forjar un nuevo legado.

 

El rayo suena su trueno una vez, pero golpea dos veces. Esta historia es el cierre del primer arco narrativo relacionado a Morgan y sus hermanos, que tienen mucho que contar. Espero que les haya encantado y que fueran capaces de llegar hasta este punto. Sé que los últimos personajes son mucha esperanza, paz y amor, pero creanme que eso no ocupa ni de cerca el 100% de mis historias. Se dice mucho que hay paz después de la tormenta, pero poco se menciona que la tormenta puede regresar

Espero que hayan surcado esta historia conmigo, y les doy un enorme GG, con cariño: El creador ❤️

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