cancelar
Mostrando resultados para 
Buscar en cambio 
Quiere decir: 
LA Wuillix1033
Escurridizo
Escurridizo

Un destello entre sombras - Historias de Runaterra - 005

Hola a todos, esta vez paso poco antes de entregarles la historia corta, y en este caso si me esforcé porque fuera corta, eso para compensar la publicación especial, que fue BASTANTE larga (mi error)... En todo caso, quería que se alivianaran un poco con todo el contenido pesado, así que voy a traer 2 publicaciones corticas, esta siendo la primera. El punto es que ustedes se diviertan también :D, así que voy a bajarle 2 rayitas (literales) de momento. De igual forma, cualquier lector más es muy apreciado, así que si les es más cómodo, espero su opinión en los comentarios. Recuerden que si quieren seguir mi trabajo está la página de Facebook , también está mi DeviantArt y el correo oficial: leyendasanonimaslol@gmail.com.

Campeón - Parte I: Daellius, El artífice sombrío - Campeón - 005 (Parte I - Narrativa) (Colaboración con ZedHarBest) 

Campeón - Parte II: Daellius, El artífice sombrío - Campeón - 005 (Parte II - Jugabilidad) (Colaboración con ZedHarBest) 

Créditos a Leyendas Anónimas, Wuillix33

 

Hacía mucho que su lado consciente no sentía ninguna emoción, y aún así, aquí estaba una vez más, recorriendo los mares cercanos a las islas que alguna vez fueron su hogar. Su silueta de sombras se movía silente por sobre las aguas, sin emitir sonido alguno mientras cortaba la niebla negra a su paso, acercándose cada vez más a una isla de tonos apagados y aura mortecina. Pero mientras menor era el espacio que lo separaba de su gente, más tormentosos eran los recuerdos que brotaban de este hombre solitario, que si bien tenía la capacidad de moverse de un punto a otro con mucha mayor velocidad gracias a sus habilidades, cuando se trataba de este viaje en específico, siempre prefería evitar su llegada a través de la oscuridad, pues sabía que es algo que no agradaría a la persona que lo esperaba al otro lado.

De igual forma, no era problema, ya había atravesado por completo la capa de densa niebla que rodeaba la isla, dando un primer vistazo a los restos de su hogar, que le daba la bienvenida nuevamente con estructuras fragmentadas tanto en tierra, como en aire y mar. No solo de los suyos, sino de otros pueblos que llegaron mucho después, sin saber realmente el error que cometían al habitar el hogar de las sombras. No tardó mucho en dejar sus primeras pisadas sobre la arena de sus costas, atiborradas hasta el colmo de recuerdos de tiempos pasados, junto con múltiples espíritus de gente que no era capaz de reconocer, y que por momentos se hacían más o menos visibles ante su mirada.

Decidió ignorar su presencia, pues no representaban mayor amenaza para él que un ataque de melancolía. Aunque algunos de ellos, los espectros más antiguos y desgastados, despertaban en él una cercanía innegable dentro de su irreconocible aspecto corrupto. Sin duda, era todo lo que quedaba de sus viejos hermanos y hermanas, creyentes de antaño convertidos en bestias, alejados completamente de toda redención y fe. Aun así, no se dignó a más que acelerar su paso, ya en su cabeza comenzaba a resonar la voz de aquel que no debía despertar, y los espectros reaccionaban a un aura oscura que no hacía más que acrecentarse con cada segundo.

—Y aquí estamos una vez más… ¿Nunca te cansas de torturarte? Se supone que eso es parte de mi trabajo —Declaró Danthalian con un tono quejumbroso y algo agresivo. Ya estaba demasiado fastidiado de esta rutina mortal a la que su portador se había atado.

—Esto no te incumbe a ti, Danthalian. Es algo que debo hacer, y que debí haber hecho hace mucho —Respondió Daellius de inmediato, escuchando a su costado los augurios del peligro en los silbidos del viento, acompañado de llantos de ultratumba.

—Si no me hubieras servido tal y como eres, te hubiera arrebatado esa obsesión mortal que insistes en conservar desde hace mucho —Reclamó Danthalian, haciendo ascender las sombras por las manos de Daellius, hasta que alcanzara a cubrir sus brazos por completo.

—Pero te serví justo como soy. Esclavos el uno del otro hasta el fin de los tiempos —Aseveró inmediatamente, esta vez los vientos se estremecían a sus espaldas, acelerados en su dirección, y acompañadas del inconfundible hedor de los espectros.

—Al menos por ahora… —Afirmó Danthalian con cierto desagrado.

—Al menos por ahora —Reafirmó Daellius con las fauces de un espectro justo a sus espaldas, a centímetros de arrancarle la mitad del cráneo.

Solo fue un segundo, un esquive veloz en que detalló la figura de tres espectros devora-almas, interesados en un ánima tan corrompida como la suya. Deformados, como todos, con aquel clásico color verdoso de la muerte, brazos esqueléticos culminados en garras, y una boca gigantesca que abarcaba todo su torso hasta el filo de su materialización, sin piernas que los aten al suelo mortal. Inmediatamente, ambas conciencias reaccionaron en conjunto saltando un par de metros al costado, esquivando en el acto un segundo ataque de tres tajos certeros dirigidos a puntos vitales.

—Hoy no tengo el tiempo o la paciencia… Ella nos está esperando —Declaró Daellius mientras las espinas de sombras sobre sus brazos se agudizaban.

En un destello golpeó sus brazos entre sí con gran fuerza, desplegó garras de sombra tan largas como espadas y dio un salto abismal que pareció borrar su figura del viento por un segundo, en que sus manos atravesaron al instante a las tres apariciones, desterrándolas de sus formas espectrales y cubriéndolas de sombra hasta que se consumieron.

—No logro entender ¿Por qué te das tantos problemas contra estas pequeñeces? No pueden lastimarnos de igual forma —Expuso Danthalian, retirando su influencia del cuerpo de su huésped.

—Solo me desahogo un poco, Danthalian. No lo entenderías, no eres capaz de hacerlo —Reclamó Daellius, continuando su caminata hacia los adentros de la isla.

—¿Crees que la ira es un sentimiento muy humano, no es así, Daellius?… Pese a tus decisiones en vida, puedo ver que aún te falta odio… —Reclamó Danthalian, aseverando su voz con cada palabra, mostrándose molesto con su huésped. Y aunque esto no era algo nuevo para Daellius, la condescendencia de sus palabras logró activar un breve retazo de emoción.

Se detuvo en seco y giró ligeramente su cabeza, escuchando cercanos los lamentos de los espectros, aún atrapados por las sombras —No sé de qué estás hablando —Aclaró Daellius por sobre su hombro, generando en sus manos dos esferas de sombra que parecían abultarse como si de magia se tratara, poder del abismo lleno de semejantes de Danthalian condenados dentro del maestro de sombras, mientras él no decía palabra alguna. Finalmente se giró con una mirada asesina hacia los devora-almas, y disparó sin pensar, haciendo de ellos y de parte de aquella playa otro recuerdo lejano —Creo que ya tengo odio suficiente —Proclamó finalmente, siguiendo su paso sin mirar atrás.

Tras una hora de viaje a pie, finalmente llegó a una zona de la isla bastante lejana de lo que fue Helia en sus mejores tiempos, atravesando la densa capa de bosque que separaba el rastro de su pueblo del resto del mundo. En este punto exacto, alejado de la vista de todo dios y hombre, se ubicaban las ruinas originales del pueblo que vio crecer a este joven maestro de sombras, que no hacía más que contemplar sus recuerdos por momentos, frente al paisaje sombrío que se pintaba ante su mirada.

En él, se podían ver toda clase de hogares e iglesias destruidas, maderas podridas y derruidas por el tiempo, y metales tan oxidados que ya no queda pista alguna de su color. Runas y símbolos sagrados ahora reducidos a baratijas sin valor, desperdigadas por todo el suelo, desde estatuillas sacras, hasta las más altas figuras de sus credos, blasfemadas por estas islas y su lobreguez, alejados de toda luz entre las tinieblas. Pero incluso entonces, lo que más llamaba la atención eran las manchas negras y los rasguños inhumanos sobre cada esquina, pared o techo, un recuerdo de la sangre derramada en antaño, y sin cadáveres para lamentarse por las muertes de sus dueños.

Un lugar tan recatado y oculto como sus creencias, con sus costumbres liberales pasadas de boca a boca y su gente ya extinta, sería la sentencia perfecta para borrar gran parte de toda prueba de existencia de esas personas, cazadas en vida y en muerte por la oscuridad, incluso superior a la del hombre. Y así se quedaría, de no ser por la firme presencia del Cementerio del Sacro Silencio. 

—Lo que queda de este lugar es un mal recuerdo… —Exclamó Daellius, mientras caminaba lentamente entre las ruinas, detallando de cerca las marcas de garras negras, reviviendo a su paso una vez más el día en que la grieta al mundo de sombras se mostró ante él y su gente por primera vez —Si tan solo hubiéramos podido predecir lo que pasaría… 

—Un recuerdo es algo que ya no pertenece al presente. No tiene remedio que te lamentes por las muertes que no tuviste el placer de ver. No olvides que fueron tus decisiones las que nos llevaron a esto —Reclamó Danthalian, sobrevolando el arco que daba entrada al cementerio.

—No debo culparme por todos los males y no necesitas decirme mis pecados. Ya he cumplido suficiente sentencia por ellos —Expresó Daellius con firmeza, poco antes de quedarse paralizado frente a una entrada a tierra sagrada, como muchas veces lo hizo en el pasado, asustado del juicio de sus hermanos caídos. Pero esta vez, era consciente de que no existía miedo que pudiera detenerlo. Si alguna vez podría expiar sus pecados, hoy era el día.

Daellius se abrió paso entre la bruma desbordante que hundía al cementerio, distinguiendo sus alrededores cada vez más entre tumultos de concreto y la niebla negra, atravesando con velocidad los mausoleos destrozados y abiertos de par en par, hasta que a lo lejos vio lo que venía a buscar. El olor era nauseabundo, y a dondequiera que viera no había más que montones de tierra removida de sus suelos santos, y espectros deambulando por doquier, aunque estos se mostraban más dóciles, o mejor dicho, más melancólicos. Aun así, su objetivo ahora yacía cercano. La persona que lo estaba esperando no era otra que su madre, en una intrincada lápida, propia de la cultura que respetó desde su niñez, con un gigantesco símbolo rúnico que entre los suyos significaba fe, que asemejaba con sus formas a una gran cruz color plata. Esta, a diferencia de cualquier otra tumba, tenía detalles dorados que se conservaban atemporales, disfrutando además de toda clase de arreglos fúnebres, con una inscripción en una lengua muerta hace ya tanto, pero que para Daellius era imposible de olvidar, pues de ella venía su nombre.

—Sang ere Sanc trum Mun drat Liap Sos. La sangre de los santos purifica a los caídos —Exclamó Daellius en voz alta, pasando su mano suavemente por encima de las inscripciones doradas. Para su sorpresa, los materiales bendecidos ya no le generaban dolor alguno, y su mente conservaba control. Sin embargo, sus palabras hicieron que la oscuridad se alterara súbitamente.

—Te he dicho que no pronuncies lengua sagrada en mi presencia —Gruño Danthalian inmediatamente, mirando fijamente el halo de luz que rodeaba la tumba que descansaba plácidamente frente a Daellius, la única que se encontraba intacta en todo el cementerio.  Incluso podría decirse que brillaba por sobre la mismísima niebla negra.

—Es una lengua de mi gente… Lo diré de nuevo, no lo entenderías —Declaró Daellius, viendo fijamente al nombre que yacía debajo de esas palabras: “Gran Madre Eleyne Direrroh”, esbozando ligeramente un gesto amargo a la vez que inexpresivo.

—Exactamente ese es el punto. No me gustan los dialectos sacros. Son lengua de fe —Reclamó Danthalian, aunque algo había cambiado desde que Daellius pronunció aquellos rezos en voz alta, y pese a que esto escapara de la vista de hombre, para el demonio era imposible de ignorar. El ambiente se vio alterado por una magia especialmente antigua, e igualmente poderosa.

El ser de sombra reconocía esta esencia, pero ya era demasiado tarde, el halo de luz sobre la tumba se había alzado sobre la única alma negra del lugar. Danthalian, en un amago de desesperación, creó una protección de sombras alrededor de su huésped, apenas capaz de protegerlo de una fe tan poderosa. La tumba era un lugar sagrado de descanso, bañada en más de un rito sacro de aquellas antiguas culturas, pero una especial que expulsaba a los de su calaña.

Apenas se había percatado de ella cuando una onda de dolor arremetió contra ambos, soltando un chillido salvaje, tras el cual la calma regresó al cementerio. En su condición actual, muerto en vida y alejado de la luz humana, el hombre no tenía forma de detener las artes de la luz, pero si tenía un cuerpo mortal que no sería asesinado por tales encantamientos. Sin embargo, en su corazón solo quedaba una oscuridad latente, pero frágil, y cuyo lazo ya no era tan fuerte como en antaño.

Juntos, el hombre y el demonio experimentan vagas sensaciones del otro. Retazos de miedo, dolor, frustración y angustia son sólo la rutina a la que se habían atado mutuamente. Y justo ahora, Danthalian se encontraba inusualmente callado, pues su condición lo había forzado a conservarse vulnerable, y el dolor fluía entre ambos como una punzada al corazón que comparten —Normalmente nuestro lazo es protección suficiente para engañar esta clase de purificaciones ¿Qué fue lo que ocurrió? —Preguntó Daellius, aun alerta por el miedo que desprendía su sombra. Sin embargo, no hubo respuesta alguna, solo un sentimiento de vacío al que ya estaba muy acostumbrado.

—¿Tu qué crees que pasó? Nuestro lazo ya no es tan fuerte como antes, ¿O sí? —Desafió Danthalian, con una voz irregularmente débil desde los adentros de su portador, pero aun con la fuerza suficiente para dejar claro el enojo que lo carcomía.

—Y aún en tu estado dices atormentarme con asunciones de debilidad —Manifestó Daellius, inspeccionando su cuerpo, resaltando con su mirada marcas que no tardaron en desaparecer. Sellos de Danthalian que apenas son capaces de resistir la luz, ahora tan quebradizos como la manifestación de su dueño.

—¡Todo esto es tu maldita culpa! —Gritó Danthalian repentinamente, quebrando la debilidad que lo asolaba hasta molestar los sentidos de su huésped, como un golpe o un dolor súbito dado desde el interior.

—Esto es todo, Danthalian. Ya estoy cansado de jugar con la culpa. Te he dejado consumirme por más tiempo del que realmente puedo recordar… Pero es hora de dejar ir el odio —Explicó Daellius, acariciando con recelo el sello de su madre. Un pequeño medallón de plata que colgaba de una tela de ropa sostenida sobre su cuello, con el primer símbolo que identificó Dormike cuando llegaron a la isla: La estrella de doce puntas.

—¿Y de verdad crees que eso te salvará? ¿Qué me salvara a mí? ¿Esa es la porquería que te profesó el perdón que tanto insistes en buscar? —Continúa desafiando Danthalian desde el interior, cada vez con más intensidad en su emoción y sus palabras. El corazón de sombras sangrante, influenciado por la única cosa que conoció desde su nacimiento. El abismo y su ciclo de condena eterna —Te diré algo niño, el perdón que buscas se te ha sido negado desde hace mucho tiempo. No hay otros caminos, ni fe, ni luz, ni metas que buscar y alcanzar.  Estamos manchados Daellius, tú y yo. Eso es todo lo que nos queda —Agregó finalmente, con un tono más calmado, menos agresivo y más apegado a la realidad que comparten ambos condenados.

—Por mucho tiempo yo creí eso, Danthalian. Pero luego vi a Viego… Vi sus obsesiones, vi más allá de la mortalidad y el error humano por primera vez, y finalmente entendí que no estamos tan lejos de él como solía pensar —Dijo Daellius con una abrumadora melancolía, una que lograba traspasar todo aquello que alguna vez creyó verdadero —Soy humano, Danthalian. Siempre lo he sido, y tú no eres suficiente para cambiar eso. De hecho, nunca lo fuiste, mucho menos cuando tu hambre es más grande que tu poder —Declaró el hombre una vez más, luchando por defender su humanidad por primera vez.

—¡No! ¡No te atrevas a creerte superior a mí, maldito bastardo mortal! El único motivo por el que estoy en este estado es porque nuestro lazo casi ha completado su ciclo —Evocó Danthalian muy desde los adentros de su portador, como el rugido de una bestia feroz, resonando hasta que su voz traspasó al plano material.

—Y aun no has logrado corromper mi mente. No lo suficiente para tomar el control que tanto buscabas —Declaró Daellius, manteniendo una postura indiferente ante las rabietas de su sombra. Después de todo, fue así como el mortal había logrado superar a la mayor de las bestias, abandonando por completo casi cualquier rastro de sentimiento humano que pudiera alimentarlo.

—Lo reconozco. Resultaste ser más obstinado de lo que esperaba… Y ese apestoso sello de magia antigua… Pronto dejaré de existir por estar atado a tu condenada esencia bendecida. Esas deberían ser buenas noticias para ti. Me uní a ti, y todo lo que has hecho es matarme de hambre —Voceó Danthalian, esparciendo su enojo por toda la sangre de su huésped.

—Es por eso que estamos aquí en primer lugar —Reclamó Daellius, retomando la firmeza con la que llegó, y viendo una vez más la tumba de su propia madre. Su brazo temblaba solo de pensar aquello que se avecinaba, pero esta vez estaba determinado.

—No... Estamos aquí porque deseas deshacerte de mí una vez más. Aferrarte y aspirar a esa mortalidad que abandonaste tiempo atrás. Anhelos inútiles de algo que ya no existe —Manifestó Danthalian, y aunque sus palabras parecían hirientes, la forma en que fueron dichas era más un trastornado aviso, o inclusive alguna clase de súplica.

—Siempre lo he hecho, Danthalian… —Respondió Daellius, controlando el miedo que arremetía en su cuerpo, y despejando su mente, viendo ahora con más claridad que aquello que hacía era lo correcto —Pero no… Hoy... ¡Hoy voy a acabar con esta maldición que compartimos! —Gritó con fiereza, y en un impulso de idiotez o un gesto de valentía cumplió su cometido. Tomó con su mano rápidamente el sello que colgaba de su cuello y lo arrancó de su ropa, dándose segundos antes de aquello que pudiera haber provocado —Madre, ojalá pudiera derramar una lagrima en tu honor, pero en este cuerpo muerto ya no quedan lágrimas que dar. Sin embargo, y me disculpo por ello, tendrás que conformarte con el débil latido de mi corazón, y la sangre que se derrama sobre la que es tu tumba, donde yace aquella que vio esa misma sangre nacer —Dijo en voz alta, en parte como última voluntad y en parte como una especie de rezo hacia lo único que mantenía latiendo ese corazón.

El sello emitió un brillo singular por breves instantes tras ser removido de aquello que debía sellar, aunque la reacción más evidente vino de Danthalian. No hubo comentario alguno, ni nada que decirse el uno al otro, solo fue una respuesta inmediata, en que el cuerpo de Daellius dejó de responder a sus deseos, y la sangre negra tomó el control. Se abrían pequeñas heridas alrededor de su ser, y la sombra comenzó a alimentarse de la carne de su huésped hasta satisfacer su hambre. El dolor era indescriptible, y la voluntad insuficiente para mantenerse en pie, obligando a su adolorido ser a caer sobre sus rodillas frente a la tumba, aferrando toda su esperanza al sello que sostenía con fuerza sobre su mano.

—Acepto… Acepto toda la oscuridad que he cultivado en mis adentros desde mi niñez. Acepto toda consecuencia que venga con mis sombras —Expresó finalmente con la poca consciencia que quedaba en sí.

La sangre y la bruma negra lo cubrían por completo, dejando únicamente una silueta negra, que en falta de consciencia quedó cabizbaja, dejando un retazo inconsciente de un cuerpo humano sumido en la oscuridad.

Oscuridad... Demasiada oscuridad. Tanta que no solo se conformaba con engullir aquello que hacía momentos era un hombre, sino que se derramaba por los suelos como una plaga, una que ni con el mundo entero quedaría saciada. Pero Daellius… Él estaba perdido… Perdido entre las densas tinieblas que él había desatado, tanto ahora como en aquel entonces. Y, sin embargo, un recuerdo lejano llegaba a él, como una luciérnaga en una noche que se había quedado sin estrellas. Una imagen difusa de lo que alguna vez fue su humanidad, hacia la última cosa que le quedaba en el mundo que valiera el latir de su corazón. Ella...  Ahora tan lejana…

—¡Ma- Madre! ¿Eres tú? —Preguntó Daellius con una sorpresa incontenible —Esto es… ¿Dormike? —Preguntó nuevamente. Sus ojos no daban crédito al contraste que había sufrido, de un segundo a otro la oscuridad había sido reemplazada por un día tan soleado y cálido como en los tiempos de Morgan y sus dominios. Los niños jugaban a la distancia, y la pequeña aldea se mostraba tan hermosa como su niñez la recordaba.

No podía estar más sorprendido, pero al darse vuelta vio mejor el lugar. Se encontraba sentado sobre el humilde pórtico de la casa que lo vio crecer, con sus ventanas rebosantes de pequeños jardines, y el arroyo que cruzaba a un costado del hogar. Las escaleras de madera un par de metros a su derecha, y el decorado de verdes y rojos que tan lejano se sentía en las pinturas de aquella vieja casa. Todo estaba igual, incluso las pequeñas grietas que él mismo había provocado con uno que otro juego que se salió de control.

Ambas preguntas dejaron perpleja a su madre, que no hacía más que reírse ligeramente —¡Claro que soy yo! ¿Y en qué otro lugar esperabas estar? —Respondió lo mejor que pudo, sin dejar ir aquella risa que la había invadido.

Era tal y como él la recordaba. Su cabello se peleaba entre tonos de miel y carmín, y sus ojos naranjas opacaban la luz del sol, en conjunto con aquella piel caliza que tanto la caracterizaba. Daellius apenas tuvo la oportunidad de organizar sus ideas antes de responder —No no no, es solo que… Hace mucho que no me siento así… —Exclamó rápidamente, aunque su mente no dejó que tanto regocijo se quedara así —De hecho… Hace mucho que no siento nada… —Culminó por decir, apenas capaz de soportar su propio corazón latiente.

—¿Hijo…? ¿Qué es lo que tienes? —Cuestionó Eleyne ante tanta extrañeza. Daellius nunca se había mostrado tan abrumado y cercano a su realidad, casi como si no estuviera del todo en ella.

—Es el odio madre, es lo único que siempre he sentido —Declaró Daellius, observando con melancolía a la distancia, detallando en el paisaje todo aquello que se perdió por sus obsesiones.

—¿Y por qué sentir tal cosa? —Preguntó su madre, aunque más como un reclamo hacia su propio hijo que como una duda.

—Porque vivo en un mundo que quiere muertos a gente como tú y mi padre. Un mundo que no merece perdón. Un mundo que debe ser castigado por quien tenga la fuerza para conseguirlo. Es lo que siempre he creído —Clamó Daellius, con una ira muy palpable en su mirada, y un corazón que se mostraba muerto y solitario, incluso desde entonces.

Su madre no tuvo más opción que reír nuevamente, de tal forma que cualquier pena pasada fue ignorada, incluso los tiempos más oscuros —Ay hijo mío, veo en ti un intento de justicia y sabiduría desorientada entre sombras, propia de una gran inteligencia y sentimientos muy puros —Profesó su madre, mirando a su hijo con una tristeza que él había visto más de una vez. 

—Considero que esas han sido mis mejores guías. Siempre he sabido cual es mi camino —Respondió sin dudar, colocando sus manos sobre su corazón y haciendo alarde de una indiferencia que lo había definido desde antaño.

—Pero... —Agregó su madre, colocando sus manos sobre las suyas, y agachándose hasta encontrarse frente a él —A la vez, veo también la pizca de un corazón enceguecido y lastimado, y la determinación suficiente para sostener sus ideales hasta la muerte —Susurró con cariño y humildad, pero a la vez, una preocupación que solo una madre puede sentir.

—No necesito que me insultes a mi o a mis métodos, madre —Habló su insensibilidad, con el mismo resentimiento que había aprendido a cargar, alejando todo aquel que se interponga. Inclusive, giró su cara para no verla directamente, no tenía la fuerza para hacerlo. 

Sin embargo, una mano cálida se posó sobre su mejilla y arrastró su rostro hacia adelante, y al alzar su mirada nuevamente se encontró con la hermosa sonrisa de su madre. Tal vez llevara años sin sentir nada, pero esa imagen simplemente rompió su corazón —No era un insulto, hijo mío. Era una advertencia —Aseguró su madre, acercándose lentamente hasta su frente para darle un pequeño beso —Aprende a ver en el mundo el perdón, hijo mío. Y cuando tengas la fuerza para incluso perdonarte a ti mismo, solo así podrás ver en la oscuridad más densa —Dijo con una voz suave, delicada y dolida a partes iguales, aproximando con fuerza a su hijo para darle un abrazo.

Esa fue la primera vez en su vida entera que Daellius se dio la libertad de derramar una solitaria lágrima, una que llevaba consigo más de lo que podía verse. Sus brazos, que en principio no respondieron al momento, se aferraron con fuerza a su madre, recostando su cabeza contra su hombro y apretando con fuerza.

—Te quiero mucho, mamá.

Pasaron pocos segundos, y su mente se desmoronaba. Poco a poco la oscuridad engullía esa gota de consciencia que quedaba dentro de él. Y sin embargo, una muy brillante luz opacó a la oscuridad, hasta enceguecer la imagen de aquel cálido recuerdo por completo, y desvanecer toda su imagen.

—Yo también te quiero, mi pequeño Daellius.

Al volver en sí, esas palabras se aferraban con fuerza a su ser desde la parte más profunda de su psique. Pero al recuperar el control de su propio cuerpo no luchó, ni hizo amago alguno de resistencia ante las sombras que lo habían engullido. Simplemente las acepto, tal y como debió hacer en aquel entonces, como una parte más de sí. Danthalian fue consumido por Daellius, no como un mortal y un demonio siendo entidades separadas en una guerra por el dominio como habían sido durante esos miles de años, sino como dos mitades de un mismo ser finalmente reunido consigo mismo, formando una nueva entidad entre los dos.

La oscuridad retrocedió sobre sus carnes adentrándose en su corazón, y volvió a ver el mundo tal y como lo había dejado antes de irse, en las lúgubres islas de las sombras y rodeado de niebla negra. Pero esta vez algo era diferente. Sabía perfectamente que, si seguía consciente, significaba que seguía siendo un condenado que no estaba ni vivo ni muerto, de la misma forma en que su corazón seguía ennegrecido, pero esta vez solo las sombras eran culpables de sus males. Su odio se había marchitado, al igual que la influencia que el abismo conservaba sobre él, pese a que sentía su lazo con aquella dimensión tan fuerte como siempre, por lo que su capacidad de abrir grietas en su plano no se había desvanecido. De hecho, sus habilidades de sombra seguían tan intactas como las recordaba, y si algo sentía, era que su oscuridad se había incrementado, más allá de la que jamás hubiera visto entre mortales o entre demonios.

Pero esto para él no era sorpresa. Al ver su propio cuerpo este también había cambiado. Los sellos de Danthalian habían desaparecido por completo, pero en su lugar también perdió rastro de su humanidad. Sus orejas eran puntiagudas, sus colmillos se mantuvieron afilados y sus ojos se quedaron blancos, al igual que su piel parecía más una armadura que las carnes de un mortal. Estas formas solo las había visto en sí mismo cuando Danthalian tomaba el control por largos periodos de tiempo, asemejándose más a la anatomía de los nacidos de las sombras, o demonios influenciados por el abismo en cuerpos humanos. De los cuales solo se sabe que caminan entre los hombres desde la edad oscura.

—Así que… La oscuridad más densa… Tal vez sea hora de poner eso a prueba, madre…

El hombre finalmente liberó la tensión de su mano, tomando el amuleto que en ella reposaba con cariño, dándole un último vistazo a ese símbolo estrellado, recordando en él su significado sobre la fe y su importancia. Lo vio por un momento, llenándose de una nostalgia que nunca debió perder, y lo colocó con mucho cuidado sobre la tumba de la Gran Madre Eleyne. Después de eso, se alejó lentamente, adentrándose en la niebla negra, y regresando a la oscuridad que lo había criado, esta vez feliz de volver a ella y con un objetivo claro.

 

Las sombras se arremolinan sobre los débiles, pero entre sus condenados hay más fuerza de la que ella cree. Bonita frase, pero más motivadora que otra cosa. Creo que más de uno se ha sentido así alguna vez, y espero que esta historia les ayude de alguna forma. Es un placer tenerlos para aguantar tantas cosas mías. Además, claro, esta historia culmina el primer arco de este personaje y abre camino para unos cuantos espectros que vendrán en el futuro. Pero no quiero hacer mucho spoiler~ 

De momento, me gustaría decir que: Solo los más fuertes ven la oportunidad de cambiar y la toman sin temor. Les doy un enorme GG, con cariño: El creador ❤️

0 GGs
0 RESPUESTAS 0